Viernes, 11 Julio 08, 11:07 AM
Este usuario cumplió el pasado jueves 10 de julio, un año oleoliando. Aquello que comenzó como un aporte periodístico, hoy marca el rumbo de gran parte de mis días.
La Copa América en Venezuela daba su puntapie inicial y yo, fiel a mi estilo, me proponía ver la mayor cantidad de partidos posibles, si es que no eran todos. Y ahí lo vi. Ubicadas atrás de los arcos, cerca de la platea donde se encontraban las cámaras, estaban las publicidades estáticas de OleOle.com. ¿Qué será eso? me pregunté. Y vine.
Descubrí entonces que alguien había hecho uno de mis sueños realidad: crear una comunidad de fútbol. Cuenta la historia que en mis años de adolescencia yo hice lo mismo. Recolecté vía mail un grupo de personas de toda Argentina dispuestos a compartir la pasión que yo sentía por el fútbol y creé lo que di en llamar "un club de fans de fútbol", llamado "ETaB", o sea, "En Torno al Balón".
De hecho, ahí creé el juego que usamos ahora para la Euro Copa. En aquel momento lo llamé "Gran Equipo" y las reglas fueron las mismas nada más que había que elegir tres equipos del ámbito mundial, uno grande y dos chicos (seguramente así jugaremos el próximo).
Lo concreto es que, volviendo al hilo del post, OleOle había hecho realidad mi sueño y lo había llevado a un nivel superior, profesional. OleOle era sin dudas, lo que yo siempre había estado esperando.
Ahí nomás creé mi perfil y comencé con mis profundos análisis del andar de la Copa América priorizando, por supuesto, mi querida selección. Mi critero y respeto me llevó a ganar el aprecio de gente que hoy considero amigos, y que por aquella época simplemente me hacían sentir bien con sus palabras. Descubrí el placer de que alguien comente algo tuyo, cosa que hasta ese momento no entendí en la cultura de los fotologs, por ejemplo, y siempre pensaba de la gente que me invitaba a firmar "¿por qué les importa tanto".
Hoy OleOle es algo gigante comparado con aquel julio del 2007. Continúa evolucionando y sumando adeptos que han formado esta hermosa comunidad de la cual agradezco ser parte, y que me ha brindado muchos momentos especiales.
OleOle me permitió conocer gente espectacular que influyen en mi vida a la distancia y son completamente importantes, caso de Emi, Laura, Stephy, y de personas que considero amigos y compañeros, como Lizzy, Raúl, Omar, Sandra, Fede, Mc Lemp, la mamita Rebeca y en su momento Gerardo de Perú, que quien sabe por donde andará ahora.
Así que sólo quería decirles que son parte de mis días y que a un año de mi ingreso a OleOle me animo a decir que esto es recién el comienzo de algo que seguramente seguirá creciendo con las horas, los días, las semanas, los meses y los años frente a la computadora, frente a ustedes.
Acá les dejo dos fotitos de mi fiestita de cumpleaños oleoliano a la cual están todos invitados. En la primera salgo soplando las velitas de la torta que me regalaron desde OleOle Nueva Zelanda (podrán apreciar mi cabello azul, la pelada de Emi a causa de la vejez, el flequillo rosado de Raulete y la enanez de Stephie, y en la segunda recibiendo un cariñoso beso de felicitaciones de parte de Jessica Simpson (no puedo explicar que es ese material bizcoso de color azul porque estamos en horario de protección al menor).
Martes, 11 Marzo 08, 05:17 PM
El destino no lo había querido, y la tan lógica final, se había adelantado un partido. Los dos mejores equipos chocaban en la instancia previa al partido decisivo, y todos habían llorado esa maña de la suerte que no los dejó definir como debían. Era tanto, que se hablaba de que el ganador ya se iba a adjudicar el título, más allá del resultado de la final. Sí, aunque perdiera el último, el hecho de haber ganado ese partido implicaba la obtención "moral" del campeonato.
Obviamente el estadio rebalsaba de gente jubilosa dispuesta a disfrutar ese espectáculo único. Desde tempranísimo ya no habían asientos disponibles. Era algo normal teniendo en cuenta que las 120 localidades dispuestas a la venta se habían agotado 11 horas después que se definió la llave.
El partido, para no desentonar y estar acorde a la situación, fue digno de una intensidad monumental desde su mismísimo inicio. Era imposible, incluso para los jugadores, quedar excentos de ese embiente envolvente que bajaba desde las tribunas, donde todo transcurría en un sano frenesí futbolístico.
Las pasiones estaban a la orden del día, el clima hervía, las revoluciones estaban al borde de la fundición, no había quien soportara tanto agite durante más de 90 minutos.
Llegando al epílogo, el caprichoso reloj continuaba su marcha sin detenerse y el 3-3 que devolvía el marcador obligaba al alargue. Ojalá pudieran ganar los dos. Pero cuando ya los pulmones escaseaban aire, cuando las piernas pedían clemencia amenazando con dejar de obedecer órdenes, cuando la vista de muchos de los jugadores estaban nubladas por la falta de oxígeno, y hasta el mismísimo árbitro sentía que ya no tenía fuerza para tronar su silbato, el delantero rojo rompió la línea defensiva y encaró al arquero rival.
Lo eludió. El resto miraba. El mundo se había congelado. No había una gota de aire, no habían respiraciones, ni siquiera parpadeos. Era él sólo frente al arco. Tres metros lo separaban de la gloria. Cerró los ojos dispuesto a cumplir con el mandato, y no los volvió a abrir.
Hubo una explosión en el estadio. A esa la siguió otra. Y así otra más. No era la gente que festejaba, porque había fuego. No era alegría, porque habían gritos desesperados. Ese partido nunca terminó. Ese torneo no concluyó. Ese partido solo dejó dolor.
Hoy ese estadio renació con el doble de capacidad, el doble de tecnología y el doble de comodidad. Esa gente hoy es el doble de fuerte que aquella vez. Lejos de amedrentarla, el golpe la fortaleció. El doble. Aquellos que pensaron que esa tarde habían ganado, hoy se saben perdedores.
Siempre lo serán.
Jueves, 16 Agosto 07, 05:43 AM
La definición del campeonato local mantenía en vilo al pueblo. Era sábado a la noche pero las calles estaban desiertas. La tensión era tan grande que prácticamente tomaba forma física y nadie se animaba a dejar sus moradas por temor a ser cortado por los nervios. El torneo había durado dos años (sí, dos años) y al día siguiente los dos mejores equipos (sin dejar dudas de ello) definían todo o nada en un solo partido. Nunca antes había habido tanta expectativa por algo, ni siquiera cuando el gobernador visitó el lugar para inaugurar el tanque de agua que hoy permite que por las canillas salga el elemento sustancial y puedan tomarlo sin riesgos.
El más anciano rememora: “Yo construí la primera casa de este lugar y estoy orgulloso de eso, pero ese acontecimiento no es nada al lado del partido de mañana”. Y para que un hombre de avanzada edad acepte que la atención está puesta en otro lado que no sea él, es demasiado, ¿no creen?
Al otro día la pequeña cancha estaba rebalsada de gente. Estaba todo el pueblo e incluso sus alrededores. El partido comenzó con exactitud y los hinchas bramaban por su equipo favorito. Adentro, 22 leones jugaban con alma, corazón y vida, dándole sentido literario al término “con el cuchillo entre los dientes”.
Pero a lo largo del transcurso del encuentro fueron pasando cosas muy curiosas siempre con la misma protagonista: la pelota. A los 15 minutos la primera se reventó al dar contra una parte rota del alambrado olímpico. El abrupto estallido siguió a la total desaparición de la pelota. A los 38 minutos (siempre del primer tiempo) y ya con el equipo verde ganando 1-0, el segundo balón salió de los límites del campo con tanta mala suerte que un perro fue más rápido que la gente. En consecuencia, la esférica pereció entre sus colmillos.
Quedaba solo una pelota más. No sólo en la cancha, sino en el pueblo y sus alrededores. Sí, aunque parezca increíble, la conclusión de dos años de torneo estaba destinada a un sólo balón. A los 20 minutos del complemento el equipo rojo igualó. La intensidad se podía ver en el ambiente, enrarecido por semejante evento.
A los 40 minutos, y cuando ya todo indicaba que la definición se trasladaría a los penales, el delantero goleador del equipo Rojo (y del torneo, con 168 goles en 90 partidos) se filtró entre los defensores rivales y encaró mano a mano hacia el arco. Su efectividad había sido infalible a lo largo de toda la temporada, pero cuando fue a rematar, su vista se nubló y su tiro se fue. Se fue. Y se fue. La pelota se elevó, pasó por encima del arco, esquivó también el alambrado y nunca se detuvo. Nadie jamás la volvió a ver.
Sin pelota en el campo, todos se miraron sin entender nada. El árbitro, en inédita situación, señaló al cielo con ambos brazos, pitó dos veces y al tercer pitido señaló el centro de la cancha. Final. No hubo vencedores ni vencidos.
En la noche, todo el pueblo festejaba unido, sumergido en la felicidad que solo la pureza brinda. El pueblo celebraba la mismísima existencia. El resultado había sido lo de menos, el fútbol ya había hecho su trabajo.
Viernes, 10 Agosto 07, 08:13 AM
Fue triste y frustrante, pero estábamos tan cansados que ni siquiera discutimos las alternativas del partido. Así fue el torneo, así fue la final:
Me sentía local, debo reconocerlo. Cuando me enteré que el torneo era en el Gimnasio Municipal Nº1 (un polideportivo) de la Ciudad de Mendoza, esbozé una sonrisa casi sin quererlo. Durante el lapso de 2 años y medio me había forjado como el jugador que soy en esa cancha, evolucionando constantemente (jugaba tres veces por semana y llevaba mis estadísticas de goles con seriedad, era MI competencia personal ya que la actividad era "fútbol recreativo", o sea que iba a jugar sólo por jugar). Lo concreto es que el torneo se resolvería en dos días: un domingo la fase de grupos (dos grupos de cuatro, pasaban primero y segundo), y el otro domingo semifinal y final. Debo reconocer, como siempre, que en mis primeros partidos en torneos juego muy nervioso, muy presionado por mí mismo, y por lo tanto, casi siempre lo hago mal. Ese primer partido no fue la excepción, íbamos ganando 1-0 y nos empataron por un error de un defensor nuestro. Yo, visiblemente alterado, grité desde el otro extremo del campo (soy delantero) y lo insulté; él no dijo nada y al final del día le pediría disculpas. El segundo partido lo ganamos tranquilamente. Yo metí tres goles (el primero de linda factura, me acuerdo que lo festejé como Ronaldinho con la mano haciendo el signo de Hung up en honor a un amigo que me pidió que festejara así ya que él era parte del equipo pero trabajaba sábados y domingos) y sacamos diferencia de cuatro goles. La cancha era de siete (baldoza) pelota tradicional, 1 arquero y 5 jugadores de campo, no te podías tirar al piso para sacar la pelota pero si para interceptarla. En el último partido debíamos empatar para quedar segundos y clasificar, si perdíamos por 3 goles quedábamos fuera de las semis. Nuestro rival era el puntero sobrado y empezamos perdiendo, pero el 0-1 no era preocupante. Luego empatamos con una patriada de nuestra figura (mucho huevo y bastante habilidad, casi el jugador perfecto) y dio la impresión que los dos nos conformamos con la igualdad y cerramos el partido con todavía mucho tiempo en el reloj. Clasificamos segundos, y, oh casualidad, en las semifinales (el domingo siguiente) enfrentaríamos a nuestro clásico: el otro equipo de nuestro barrio, conformado por una generación posterior a nosotros (nosotros íbamos por los 22 y ellos por los 18). El historial era netamente favorable a nosotros: siempre les ganábamos. No obstante, ese era un torneo y, como dicen, cada partido es diferente.
Llegó el domingo. Partido cerrado. Mucha tensión. Pequeñas hinchadas por bando (familiares pequeños en su mayoría, hermanitos, primos) y yo que lo abro con un gol muy extraño. Nos estaban atacando, nuestro arquero atajó un tiro complicado y salió rápido conmigo (era el más adelantado, de hecho no tenía ni un rival por delante). Recibí atrás del medio y encaré, al toque se me pegó uno en la espalda que me empezó a manotear y cuando levanté la cabeza casi desesperado (pocas veces la levanto) vi que el arquero se me venía (estaba lejos del arco). Sin pensarlo, y para no perder le pelota, le pegué de derecha (soy zurdo) medio de puntín, medio de tres dedos, con tanta suerte que la redonda pasó por arriba del arquero y terminó entrando con bastante suspenso. En el segundo tiempo metimos dos goles más y con 4 minutos restantes nos encontramos 3-0 arriba. Recuerdo que cuando metimos el tercero yo les dije a mis amigos "no les queda tiempo para empatarnos". Al parecer eso nos relajó: nos metieron dos goles =S. Pero realmente no había tiempo para que nos empataran. Recuerdo a un rival llorando desconsoladamente insultando al árbitro. Recuerdo a otro diciéndonos "ahora si no pueden negar que nos ganaron de suerte". El 3-2 era mentiroso, en realidad nuestra victoria había sido muy clara.
La final llegaría más tarde, ya con luz artificial y con mucho cansacio físico y emocional. Otro partido cerrado, muchos nervios, y otra vez lo abrí yo =). Me escapé por la izquieda y llegando a la línea de fondo encaré para el arco sin ángulo. El que me marcaba de atrás me camisetaba mal, hasta que me pegó un tirón fuerte y me hizo inclinar. Yo grité "penal!!!" y en el último suspiro punteé la pelota sin ángulo, ésta, no pregunten cómo, le pegó en un pie al arquero y entró entre sus piernas (me parece que pensó que no llegaba a tocarla). Salí corriendo gritando el gol y le dije a mi sustituto (yo era el único delantero y tenía suplente personal porque hacía un desgaste físico muy grande) que entrara. Terminamos el primer tiempo ganando 4-0, pensábamos que ya estaba. Pero en el complemento nos morimos físicamente, el otro equipo que poco había corrido comenzó a hacerlo y cuando nos dimos cuenta íbamos 4-5 abajo con 2 minutos por jugar. Yo a esa altura ya había entrado de nuevo y vuelto a salir, estábamos todos fusilados, y entré nuevamente para jugar los últimos minutos y armé la jugada del empate, no sé cómo, no se con qué aire ni con qué resto. Sólo se que antes de soltar la pelota me bajaron y me reventé el codo contra el piso, y desde ahí vi el desenlace de la jugada y salí a festejar con los suplentes en un gran abrazo.
El árbitro lo alargó. No quería empate. Quizás no podía haber empate. Ya era tarde y había que cerrar. Lo concreto es que nunca terminaba. Luego del 5-5 se jugaron 6 minutos más que para nosotros fueron dos horas. Nos metieron un gol. El gol más estúpido de todos. Sacamos y se terminó. Nos dieron nuestro trofeo y nos fuimos a casa. Quizás el empate había sido nuestro premio cuando nos sabíamos derrotados. Nunca hablamos de eso.

Esta foto tampoco tiene nada que ver con ese torneo, pero la cancha era de dimensiones similares, aunque de baldoza. El día de la foto armé una pelea que como
siempre quedó en la cancha y terminó bien. Soy (lo era en realidad) tristemente temperamental.
Sábado, 04 Agosto 07, 07:18 AM
Siguiendo la línea del Gran Gerardo, aca va un relato de una experiencia mía dentro del campo de juego.
Esto necesita de una breve introducción. Mis comienzos dentro del campo fueron como arquero, por la simple vergüenza de creer que iba a jugar mal, por falta de confianza. Así pasé mis tres primeros años en secundaria, atajando en los campeonatos intercurso, en donde en segundo año (2º 4º) ganamos el tercer puesto luego de perder en semifinales haciendo historia al ser el curso más chico en llegar tan lejos. En cuarto año de la secundaria me atreví a abandonar el arco y descubrí que no era tan malo como yo pensaba, me encontré a un amigo con quien me entendía a la perfección dentro de la cancha y esa alianza me llevó a ganar confianza en mi mismo. Nunca más volví al arco. En quinto y último año gané con mi curso el campeonato intercursos de otro colegio donde yo terminé mis estudios medios: mis aportes en el título fue un gol (para un delantero goleador como yo era muy poco) y una pelota salvada en la línea en el partido final (ganamos con gol de oro en tiempo extra ante un curso dos años menores que nosotros). Ese torneo me tuvo con la camiseta 13 (sobró y la ligué yo), pese a que mi número preferido es el 7 (me considero 7 dentro de la cancha).
Lo concreto es que algunos años más adelante conocí a mi actual grupo de amigos, de mi barrio (vecindad) con los que comparto además de salidas y momentos ociosos, mi costado deportivo (troto por el parque, jugamos ping pong, paddle y por supuesto fútbol). Jugamos fútbol 5 (fut sal) y ganamos mucho más de lo que perdemos contra rivales eventuales en partidos "amistosos". Tres veces hemos competido en campeonatos: la primera vez clasificamos primeros de un grupo de 5, ganamos octavos, cuartos y perdimos en la semifinal. Yo tuve la última pelota en un tiro libre que me tocaron y la desperdicié, perdimos 1-2, no obstante jugué un gran campeonato y fue el goleador de mi equipo (quedé segundo en la tabla del torneo). El segundo campeonato no lo juugé porque estaba operado del dedo gordo del pie izquierdo (suena estúpido pero no lo es). Mis amigos tuvieron problemas para juntar jugadores en todos los partidos y no pudieron ganar ni siquiera uno.
Y el tercer torneo es el que viene al relato. Pero lo voy a dejar en suspenso con un "continuará" porque ya escribí mucho en este post.

De estos cuatro chicos, tres jugaron ese campeonato. El de blanco no.
Jueves, 26 Julio 07, 08:54 AM
Todos los campeones saben cuando un partido ha definido su suerte de ser el mejor. Antes o después, siempre existe ese partido.
El de este equipo ocurrió una noche donde se conjugaron todos los verbos que semanas más tarde formarían la palabra campeón. Una noche perfecta. Una noche en donde el fútbol explotó en su máxima expresión de júbilo placentero hasta consumar un éxtasis orgásmico provocado por 90 minutos sacados del más ideal de los sueños.
Ocurrió esa noche donde el estadio, como en los últimos partidos de local, estaba vestido de gala, con 20 mil almas eufóricas acompañando a un equipo que luego de un comienzo lleno de tropiezos había ganado 8 partidos seguidos (en un torneo de 19 fechas) y miraba a todos los rivales desde lo más arriba de la tabla. Esa racha triunfal se había cortado tres fechas atrás, y con una derrota y dos empates, un par de monstruos dispuestos a abortar la ilusión de campeonar habían asomado sus garras sedientas. Por eso este partido había que ganarlo, para reafirmar la condición de candidato, para mantener la expectativa de dar una vuelta por vez primera en 12 años, por toda esa gente que alentaba en las gradas, por toda la provincia que apoyaba.
El que estaba enfrente esa noche había planteado un partido inteligente y firme, un esquema defensivo pero sin abusar. Al contrario: nada de todos colgados del travesaño, sino jugando lejos del arco propio, robándole la pelota al protagonista y haciendo correr el reloj para que los nervios hicieran el resto. Pero hay veces que la historia está escrita.
Ese delantero que ya transitaba sus últimos pasos esperaba ansioso en el banco de suplentes sabiendo que la noche le tenía preparado un lugar especial. Ese mismo delantero histórico, amado por todos, que había tenido el placer de convertir más de cien goles con esta camiseta, sí, ¡más de cien goles en el mismo equipo!. Los caminos estaban cerrados y el técnico lo mandaba a la cancha por el delantero titular, goleador, pilar de la gran campaña. La gente se miraba, algunos cuestionaban la variante, pero cada uno de nosotros sabía en su interior que algo iba a pasar esa noche con nuestro querido delantero.
45 segundos luego de su ingreso, tocó su primera pelota. Su cabeza llegó antes que las manos del arquero y la redonda fue mansa a descansar donde más le gusta: arropada por las piolas del arco. Su tranquilidad contrastó con la euforia que se vivió segundos después. Y contrastó más cuando minutos más tarde todo quedó a oscuras. Falló la energía eléctrica pero brotó la energía popular, el calor del pueblo. Luces, fuego y emotividad a flor de piel enarbolaron una fiesta que terminó cuando, al reanudarse el suministro y el encuentro, nuestro arquero sacó una pelota increíble cuando ya tenía destino de gol.
Había sido el gol del campeonato, y la atajada del campeonato también. El delantero y el arquero no podían ser otros que ellos, estaba escrito en el perfecto guión del destino. Fechas más tardes mi equipo se adjudicó el título. Esa noche había sido el partido del campeonato.
La gente fue rápida: apenas se apagó todo, utilizaron sus celulares para comenzar con la emotiva fiesta a oscuras.
Luego vino el fuego, la esencia del calor popular hecha elemento.
Y por último, al fuego se agregaron las bengalas, que, como el sentimiento del hincha, brotaba de cada corazón hacia el infinito y más allá.
Miércoles, 25 Julio 07, 01:45 AM
-Papi, ¿por qué te quedás mirando ese árbol?
-Estoy mirando al viejo, hijo.
-¿Viejo? ¿Qué viejo, papi?
No pude disimularlo. Pasar por al lado de ese árbol me hizo retroceder en el tiempo con su simple presencia, años atrás, en épocas donde la vida aún era en blanco y negro, y yo era un niño entrando en la adolescencia, al igual que ese viejo que ahora veia dormir plácidamente acomodado entre algunas ramas de ese árbol. Yo estaba descubriendo el fútbol, su pasión, y ahí estaba el niño que todavía no sabía que iba a marcar la historia colorida de este club pequeño de barrio. Él y el árbol estaban en la misma posición, mas alrededor de ellos no estaba el descampado que tristemente adornaba el paisaje hoy en día, sino que había un estadio de fútbol, culla belleza brotaba esplendorosamente desde su humildad, desde su riqueza popular. Había poco dinero en ese club, pero había tanto amor, que enamorarse era cuestión de segundos. Era entrar por la sede social para no poder salir más.
Fue ese tiempo donde la gloria deportiva no esquivó al club. El equipo de fútbol casi sin darse cuenta fue logrando resultados hasta que sin querer ascendió de la liga Regional a la Provincial, y un año más tarde, a la Nacional. Fueron épocas donde conseguir una entrada para asistir a los partidos era como conseguir pan a las 3 de la tarde. Los que no dormían en las boleterías la noche previa a los encuentros, debían hacer colas de cuadras y cuadras, y muchos se quedaban afuera. Las 2 mil localidades eran pocas para la trascendencia de esos partidos.
Y el niño, que ahora era viejo, nunca se perdía un encuentro. Como yo, era de los pocos que iba a ver al equipo en las épocas de "sequía". Y tan bien le fue a nuestra escuadra que los diarios amanecieron un domingo anunciando la final del torneo contra el más grande de los grandes. Ese día, el niño que ahora era viejo, no consiguió entrada, y lo que perderse el encuentro no pasaba por su cabeza, comenzó a dar vueltas invadido por la desesperación hasta que halló la respuesta. Detrás de una tribuna lateral había un árbol que superaba la altura de las gradas. Con esfuerzo y varias lastimaduras como consecuencia, logró acceder hasta la cima y desde allí observó el encuentro. La gente de seguridad lo divisó, mas no hizo nada por impedir que siguiera allí. El público, desde adentro, también se dio cuenta, y lo ovacionaron emotivamente.
Nuestro equipo ganó la final y salió campeón. Pero los gastos económicos derivaron en una crisis que terminó con el club. Antes del quiebre definitivo, se jugaron varios campeonatos en donde nuestro equipo no logró resultados que evitaran descensos tras descensos. El niño que ahora es viejo jamás volvió a la tribuna, siempre atestiguó los partidos desde su árbol.
Cuando el club desapareció el niño que ya era hombre cayó en la locura. Desapareció también y nunca nadie lo volvió a ver. Pero todos los que pasamos por ese árbol levantamos la cabeza y ahí está. Mirando donde yacía el estadio, gritando los goles, amando al club que amábamos todos. Ese era su árbol. Esa era su tribuna.
Martes, 17 Julio 07, 09:17 PM
Me rendí ante lo inevitable y decidí crear otro blog. Impulsado por un deseo profundo que vengo teniendo hace tiempo, y también por el aliento de los amigos de OleOle! (gracias por tus palabras Gerar), le di vida a este blog que será totalmente distinto al que ustedes ya conocen llamado Futbol Full Time (FFT). En Futbol y Literatura, como lo jura su nombre, encontrarán relatos y cuentos relacionados al amado balón. Algunos serán en caracter de verídicos, otros ficticios, y también estarán las historia que mezclen ambas cualidades. Espero que les guste y, por que no, se animen ustedes a agarrar la pluma literaria, piensen en la pelota y dejen correr su imaginación para crear. Para el primer post será cuestión que la inspiración haga alianza con mi memoria y que mis manos lo plasmen a este papel virtual. Me animo a decir que será dentro de poco.
On Un año de OleOle